Hay una expectativa silenciosa que aparece cada año como si fuera ley: en ciertas fechas hay que estar bien. El calendario marca el momento y, con él, se instala una emoción obligatoria: alegría, gratitud, celebración. A veces viene envuelta en luces, comidas, reencuentros. Otras veces, en la incomodidad de tener que “poner buena cara”.
Lo curioso es que la conversación pública suele reducir el problema a una sola explicación: “la gente se deprime porque se siente sola”. Y sí, la soledad existe. Pero no alcanza para explicar lo que pasa en muchos casos.
Porque también ocurre esto: hay personas con familia, con gente cerca, incluso con cariño disponible… y aun así sienten un peso extraño. Un desajuste. Una especie de distancia emocional frente al festejo. Como si el mundo estuviera cantando victoria mientras uno está, simplemente, tratando de sostenerse.
En el fondo, celebrar es un acto simbólico. Marca algo: un cierre, un logro, una transición. Es decirle al cuerpo y a la memoria: “esto terminó bien” o “esto se consiguió”. Una fiesta auténtica suele implicar una sensación interna —aunque sea pequeña— de llegada a puerto.
Pero la vida real no siempre llega a puerto cuando el calendario lo decide.
Hay personas que en estas fechas están en plena pérdida, o en plena exigencia, o en pleno inicio. Con un cansancio físico que no se negocia. Con un problema económico que no se “apaga” para la cena. Con una presión laboral que no desaparece porque el año se termine. Con una enfermedad o un duelo que no pregunta si ya es hora de brindar.
Y ahí aparece una fricción íntima: la fecha pide una emoción… pero el proceso interno está en otra parte.
No es que la celebración sea mala. El problema es la disonancia emocional forzada: cuando una persona se obliga a sentir (o a actuar como si sintiera) algo que no está disponible.
Piensa en situaciones comunes:
En esos casos, el festejo no se vive como descanso. Se vive como interrupción. Como ruido. A veces incluso como amenaza: “si paro, me hundo”.
La fiesta no siempre duele por lo que es. A veces duele por lo que exige: sincronizar tu interior con una narrativa colectiva.
Cuando una persona no logra “conectar” con la fecha, aparece una culpa sutil. No es necesariamente un pensamiento consciente, pero se filtra en el cuerpo:
Esa culpa es particularmente cruel porque no viene de un juez externo, sino de una comparación implícita: “los demás sí pueden”. Y el cerebro, cuando compara, inventa historias. La más típica: “yo estoy fallando”.
Pero a veces no hay falla. Hay contexto.
Una de las confusiones más comunes en estas fechas es interpretar el propio estado como un defecto. “Estoy mal”. “Soy ingrato”. “Estoy deprimido”. Y aunque a veces sí puede haber depresión (y conviene pedir ayuda), en muchos casos lo que hay es otra cosa: estrés sostenido, fatiga, exigencia, tensión, duelo, o simplemente estar atravesando un tramo de vida que requiere foco.
En esos tramos, no siempre hay espacio para cantar victoria. No porque la vida no valga. Sino porque el cuerpo está ocupado en sostener lo básico: avanzar, resistir, cuidar, pagar, cumplir, sobrevivir.
Y eso tiene una dignidad que rara vez se celebra públicamente: la dignidad de seguir.
La salida no es “no celebrar nunca”. La salida es recuperar agencia: que la celebración sea una elección, no una obligación emocional.
Hay personas que hoy celebran con todo el corazón. Perfecto. Que sea real. Pero también hay personas que celebran distinto, en pequeño, casi en secreto. Y hay quienes simplemente no celebran. No por resentimiento, sino por honestidad.
Celebrar a tu manera puede ser:
Puede que tu celebración no sea hoy. Puede que sea cuando el proceso cierre, cuando la tensión baje, cuando haya una pequeña señal de llegada. Y mientras tanto, tal vez lo más sano no sea “estar feliz”, sino dejar de pelear contra el estado que tienes.
No todo el mundo está para celebrar. Y reconocerlo, a veces, es el primer acto de autocuidado.
Si hoy sientes distancia, prueba esto (sin convertirlo en tarea): en vez de preguntarte “por qué no puedo celebrar”, pregunta “qué sería un gesto amable conmigo hoy”.
No tiene que ser grande. No tiene que ser instagrammeable. No tiene que parecer fiesta.
Solo tiene que ser verdadero.
Nota: Si lo que sientes es muy intenso o persistente, o si hay señales de depresión profunda, pedir ayuda profesional es una forma de cuidado, no un fracaso. Este texto no reemplaza apoyo clínico; busca poner palabras a una experiencia común.